Mercosur y la Unión Europea, construyendo un futuro común

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Este sábado celebramos la firma del Tratado de Libre Comercio entre la Comisión Europea y el Mercosur. ¿Es una buena noticia? Por supuesto que lo es. ¿Podría ser mejor? También. Pero en un contexto internacional caracterizado por la incertidumbre, el conflicto y la división, el hecho de que dos regiones opten por ejercer el liderazgo y comprometerse con la cooperación constituye, en sí mismo, un principio válido y bueno.

Hay varias razones que sustentan esta esperanza.

En primer lugar, el acuerdo salva la visión de un orden constitucional. Será un lugar de cooperación entre dos regiones que comparten principios importantes: el respeto al derecho internacional, la resolución pacífica de conflictos y la protección del Estado de derecho, no la ley del más fuerte. En un mundo donde el comercio está cada vez más politizado y muchos países se están debilitando, este entendimiento envía una gran señal, tanto fuera como dentro de ambas regiones.

En segundo lugar, el acuerdo tiene una clara dimensión geopolítica. Fortalece la presencia de Europa en América del Sur en un momento de creciente competencia intelectual entre las grandes potencias y, al mismo tiempo, brinda al Mercosur la mejor manera de ingresar al mundo, evitar la excesiva dependencia y expandir sus fronteras independientes. Los datos comerciales muestran la importancia de esta corrección: la participación de la Unión Europea como destino en las exportaciones del Mercosur cayó del 26% a mediados de los noventa a sólo el 14% en 2024, mientras que su peso como proveedor cayó del 28% al 18%. Europa no puede seguir perdiendo oportunidades y al Mercosur le interesa diversificar y mejorar sus relaciones exteriores.

En tercer lugar, el acuerdo servirá como un fuerte catalizador para la cooperación regional. Treinta años después del Acuerdo de Asunción, el Mercosur todavía funciona como una unión aduanera formal: no tiene moneda externa ni integración económica y mantiene muchas barreras internas. Este acuerdo con la Unión Europea está introduciendo incentivos financieros que promoverán una cooperación regional real, de manera más efectiva que cualquier otro programa de cooperación tecnológica.

En cuarto lugar, debo subrayar que el Mercosur no compite con la agricultura europea: la complementa y le proporciona insumos inteligentes. Más del 70% de las exportaciones europeas de proteínas vegetales -principalmente soja y harina de soja- proceden del Mercosur y son esenciales para la supervivencia de la mayor industria ganadera de Europa. A esto se suma el suministro de biodiesel, necesidades agrícolas y posibles fertilizantes como urea y potasa, así como algodón, madera y celulosa, que son importantes para la industria textil y los productos agrícolas. De esta manera, el Mercosur es un socio insustituible de los agricultores europeos.

Por último, en lo que respecta a los productos alimentarios finales destinados al consumo, el acuerdo no supone una amenaza para la agricultura europea. El acceso a los mercados es limitado debido a los altos precios, las políticas de reducción de precios y el cumplimiento de las normas sanitarias y fitosanitarias necesarias. En el caso de la carne de vacuno, pollo y cerdo, los volúmenes considerados representan una pequeña parte de la dieta europea. En particular, el número de vacas es el mismo, incluso en todos los casos de utilización, entre el 1% y el 1,5% de la UE al año; En sentido figurado, el impacto es el mismo, como máximo, una hamburguesa por persona al año. En el caso de las aves de corral y el cerdo, los resultados son muy bajos, especialmente en el sector en el que la Unión es exportadora.

Se pueden añadir más argumentos, pero ya habrá tiempo para ello. Esta cuestión apenas comienza y el proceso de aprobación en el Parlamento Europeo será un paso muy importante.

Sin embargo, es bueno recordar el viejo dicho chino: «Cuando bebas agua, recuerda quién cavó el pozo». En este espíritu, queremos que estas líneas sean un homenaje a España por su firme apoyo y a la memoria del europeísta español Manuel Marín, un gran amigo, un negociador valiente y un visionario de Europa, que supo defender, durante treinta años, la posibilidad de una importante cooperación internacional.


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